Esta introducción se vuelve necesaria porque me resultó imposible recortar la presentación del tema, así como resumir el perfil del referente que nos guiará por el mismo.

Anoche, escuchando el programa Todos en Cuero que se transmite por Radio Nacional, su conductor el Sr. Carlos Barragán me sorprendió una vez más, y ya son tantas las sorpresas que he decidido mirarlo un poco más profundamente, y no ya simplemente desde la simpatía que me despierta su personalidad pública y, por supuesto, la afinidad de nuestros enfoques sobre la realidad social.

Con esto no quiere decir que comenzaré a trazar una biografía, aunque no niego que hacerlo sería muy interesante, simplemente lo voy a tomar como referente de una perspectiva que no está teniendo la suficiente repercusión, no al menos la que en mi valoración debiera tener.

Ahora, sentado frente a la pantalla en blanco, la primera dificultad que debo afrontar es la de presentar a Carlos Barragán y, curiosamente, el motivo de esa dificultad será el eje fundamental de esta entrada. Resulta que cuando tomamos un referente para desarrollar o comentar un tema, su acreditación suele encabezar la presentación como síntesis de legitimidad que nos ahorra muchas palabras argumentando sobre la misma. Barragán no ostenta acreditación académica de público conocimiento y esto favorece enormemente el desarrollo del tema,  dado que, desde que reabrí el blog, siempre hubo algún motivo que me obligó a señalar la sobrevaloración arraigada en el imaginario cultural acerca de las acreditaciones profesionales y/o académicas.

Si bien en las construcciones del imaginario cultural intervienen innumerables variables, este caso nos sirve para destacar una muy pocas veces tenida en cuenta, una que tiene más relación con la primeridad, con la filosofía, que con la mediatización, modelización o normalización. A esta variable podríamos describirla como la esencia de la existencia del individuo social manifestada en la autointuición inmediata. Apreciar esta variable requiere de un enfoque similar al que hace el realismo volitivo respecto del idealismo filosófico, no puede ser apreciada por un método racional sino por uno irracional, y esto significa considerar el carácter volitivo del hombre, su experiencia de voluntad inmediata y la experiencia de la resistencia de la voluntad del otro. Dicho de otro modo, en la construcción de la idea acerca de que las acreditaciones son en sí lo que acreditan, interviene esta variable donde se es lo que designa la intuición de ser, consecuentemente lo que no designa no es en tanto a la intuición y de necesitar ser explicado debe someterse a una segunda instancia, si se quiere racional, pero ajena a la voluntad de inmediatez.

Volviendo a Carlos Barragán, mis primeras noticias de su existencia las tuve por medio de charlas personales con Adolfo Castelo, quien lo halagaba por su ingenio y facilidad para el sarcasmo y la ironía (marcando unos aspectos técnicos que lo destacaban). Sin embargo, el hecho de que yo admirara profundamente a Castelo no alcanzó para que prestara atención a Barragán, esto se debe a que Castelo también lo halagaba como persona, por lo que intuía cierta subjetividad emocional cuando se refería a él. Sin embargo su derrotero personal en los medios, pudo ser el mío o el de otros tantos que en la incipiente democracia salíamos como jauría a ladrar las opiniones tanto tiempo silenciadas. Hablo de su derrotero y no de sus pretensiones o cualidades, el cual se inicio casi por accidente, por la soltura de tratar de igual a igual a un conductor radial reconocido (Lalo Mir).

Esta comparación y la autorreferencia no son anecdóticas, es una manera de mostrarr lo acotado del ámbito periodístico de aquel entonces, donde acercarse implicaba entrar en contacto directo con aquellos que se destacaban, sin mediadores o con mediadores de igual talla que los destacados como en mi caso lo fue Carlos Abrebaya. Barragán ingresa al mundo de los medios a principio de los ´90, cuando la gran mayoría de pretendidos periodistas rechazamos las oportunidades que ofrecían las grandes empresas de medios, (forjamos nuestros propios lugares independientes y los sostuvimos como pudimos y hasta donde pudimos, era una cuestión de principios y no una actitud profesional). Y su ingreso en ese contexto es lo que lo destaca y lo válida como referente en esta entrada.

Barragán comienza a destacarse por dotes ajenos al periodismo propiamente dicho: su destreza compositiva en lo musical y su facilidad para acomodar la oralidad en la redacción enmarcadas en la sutileza y el ingenio humorístico. Esas cualidades facilitan su permanencia, incluso provocan demanda de su presencia, puesto que su mirada crítica es aceptada en tanto obra artística o estética. Pero el ejercicio de esa mirada crítica lo va obligando a tomar posiciones frente a determinadas arbitrariedades o determinados intereses de los cuales no puede ser cómplice o partícipe y es entonces cuando lo que era percibido como una obra estética comienza a evidenciarse como opinión periodística y, naturalmente, comienza a manifestarse su toma de posición. Por suerte para todos los que disfrutamos de su narrativa, bajo la forma que sea, la posición que toma es la más cercana a nosotros.

Por todo esto creo que Barragán constituye un gran ejemplo a la hora de legitimar el desempeño de un rol social, por fuera de la acreditación que lo habilita al mismo.

Pero como veremos en la entrada que trata el tema, más importante es la sencillez con que muestra que una simple actitud corporativa puede premoldear el imaginario en el que nos desenvolveremos todos.