Anoche, en la introducción de su programa, Carlos Barragán da lectura a una nota de opinión de  Jorge Fernández Díaz (El pibe de las zapatillas naranjas gana por KO, diario La nación) a los fines de ejemplificar el modo en qué se está manifestando una actitud corporativista en el ámbito periodístico.

Barragán señala el aporte de dotes de pluma que este respetable escritor y columnista del diario La Nación hace a la construcción de mitos referenciales acerca de la profesión periodística, en este caso creando un paladín de la “prepotencia de trabajo”, única virtud que “le saca brillo a un periodista”, es el halago que la vanidad de Fernández Díaz le permite y que, sin embargo, resulta exagerada considerando el destinatario: Luis Majúl.

La lectura de Barragán no se detiene en los personajes ni en la decorada anécdota de la nota, siquiera se detiene en el sentido pintorescamente épico del cual se tiñe la anécdota. Barragán puede ver la intencionalidad que trasciende todo esto, incluso trasciende la línea editorial del medio dónde se publica.

Esta intencionalidad, en principio, es la de identificar a los periodistas con una actitud personal determinada frente a la autoridad, frente a la propia honorabilidad y frente a las consecuencias que sus convicciones puedan acarrearles. Sabemos bien que estas actitudes personales no son inherentes o requisitos de la profesión periodística, ni de ninguna otra actividad, y que cualquiera puede asumirlas sin que ello implique reafirmar idoneidad alguna. Pero la idea, como la de cualquier fábula, queda prendida en el imaginario (institucional y social) y en este caso la moraleja nos dice que para ser periodistas brillantes tenemos que tomar la actitud de Majúl, la de arriesgar nuestros sueños en defensa de nuestras convicciones (aunque después a un entrevistado valientemente se le diga “Me dicen que usted es corrupto”)[i].

Barragán continúa señalando detalles en los que nadie se detiene y que a cualquiera que haya trabajado en un medio debería presentársele como evidente. Señala la existencia de un grupo de periodistas que están encabezando la nueva mitificación de su profesión y lo hacen desde las grandes empresas de comunicación, lo hacen aliados a ellas y no solamente como empleados de las mismas, aliados contra un enemigo común.

Y este enemigo no es el gobierno como manifiestan, ni tampoco los organismos administrativos que regulan la actividad o sus ganancias, su enemigo común es el modelo social pluralista. Que, para el mayor de sus disgustos, no solamente se promueve desde el gobierno sino también desde múltiples instituciones sociales y entre ellas las que agrupan comunicadores. En la diversidad creciente de voces es donde está su enemigo, es un enemigo simbólico (en rigor: un bien social simbólico) y por ello lo ataca desde la construcción simbólica, desde la mitificación de todo, mientras sus aliados y jefes capitalistas lo hacen desde lo económico o lo judicial (aprovechándose de la corruptibilidad de esta institución por carecer de resortes democráticos en su estructura).

Barragán también señala que esa mitificación, cuando es ejecutada de modo corporativo, puede ser letal. Con esto se refiere a que una vez establecido, por ejemplo, el Mito-Majúl, los discordantes dentro de la profesión quedan deslegitimados (muerte periodística) y los aspirantes a la profesión quedan restringidos a esas cualidades como requisito (vida periodística condicionada o suicidio por desencantamiento profesional). Por supuesto que Majúl no es el único mito, ni el más grande (sin dobles sentidos), pero es el ejemplo perfecto, y el no siempre bien ponderado Barragán lo ha puesto al descubierto.

Ahora, aprovechando la última oración del párrafo precedente, lo que hace Barragán es un análisis del sentido que lo lleva a una conclusión superior, permitiéndole así generar una nueva opinión, y aunque Barragán no se reconozca como periodista, este ejercicio lo realiza dentro de las variables de la opinión periodística. Sin embargo, debido a esta mitificación corporativa, los periodistas autolegitimados, catalogarán su opinión por fuera del ámbito, para poder desestimarla.

En este punto, no sin cierta vergüenza, me atrevo a sugerirle a Barragán que lejos de desconocerse como periodista, cuando se manifieste de este modo se plante como tal. La sugerencia la sostengo en dos razones, la menos importante es que el periodismo es un oficio que se aprende y perfecciona en su ejercicio (el periodismo vivencial y no ese otro diseñado para servir en empresas de comunicación o el mítico que sirve para distinguir pertencias elitistas), y, la otra razón, es porque no hacerlo implica de algún modo aceptar el efecto secundario de la mitificación, que es el ocultamiento de periodistas que realmente marcaron hitos en el desarrollo histórico de la profesión como Jacobo Timerman, Luis González O’Donnell, Ramiro de Casasbeflas, Julián Delgado, Osiris Troiani, Rodolfo Walsh, Carlos Abrebaya, Eduardo Aliverti, Mario Wainfel, Horacio Verbisky, Jorge Guinzburg, Adolfo Castelo, Luis Bruchstein, etc. (incluso Jorge Lanata aunque ahora ese nombre lleve otra persona adentro).

El mismo Barragán, más allá del rol que desempeñe, es parte de un formato periodístico que marca un nuevo hito de la historia del periodismo en Argentina, pero más importante aún es que participa del momento más democrático de la comunicación social en el país, acompañado de innumerables excelentes periodistas que no siempre tuvieron el lugar merecido en los medios de comunicación. Por eso no tengo ninguna duda de que si alguna vez un aspirante me pide referentes, nombraré mil veces a Barragán antes que a Majúl.

[i] Entrevista a César Jaroslavski, la respuesta de este fue: “y a mí me dicen que usted es puto”